El Madrid se regaló una noche de fiesta en el Bernabéu

Con Mbappé como primer golpe, Vinicius como agitador y Bellingham cerrando la obra, el Real Madrid goleó 6-1 al AS Mónaco en una noche de fútbol alegre, intenso y dominante.

El Real Madrid no salió a jugar un partido: salió a disfrutarlo. Desde los primeros minutos, el Bernabéu entendió que la noche venía cargada de ritmo, presión alta, movilidad y esa sensación tan madridista de que cuando el equipo se suelta, el rival empieza a correr detrás de sombras. El 6-1 ante el AS Mónaco no fue solo una goleada; fue una declaración de intenciones. Un Madrid alegre, intenso y vertical convirtió el partido en una exhibición de fútbol ofensivo.

La primera sacudida llegó apenas al minuto 4. La jugada nació en los pies de Fede Valverde, pasó por Franco Mastantuono y terminó donde muchas noches grandes terminan: en Kylian Mbappé. El francés recibió con tranquilidad dentro del área y definió sin complicarse, como si el gol fuera una consecuencia natural de la jugada. El Madrid pegaba temprano, y el Mónaco todavía intentaba acomodarse cuando ya estaba recogiendo el balón de su portería.

El equipo blanco no bajó el ritmo. Vinicius avisó al 6’ en una contra que se fue fuera, y el Mónaco respondió un minuto después con una llegada de Balogun que no logró aprovechar. Fue apenas un recordatorio de que el partido también exigía atención atrás, una de las tareas pendientes de este Madrid. Porque si algo dejó claro la noche es que el equipo tiene una capacidad ofensiva enorme, pero todavía necesita ajustar ciertos detalles defensivos para no regalar vida cuando domina.

Aun así, el control era blanco. El Madrid movía la pelota con velocidad, encontraba espacios con facilidad y atacaba con una movilidad que rompía una y otra vez la estructura del Mónaco. Arda Güler le dio otro aire al mediocampo. Con él, el equipo pensó más rápido, jugó más fino y encontró líneas de pase que antes parecían cerradas. Arriba, Mastantuono se mostraba más suelto, encarando, pidiendo el balón y jugando con esa personalidad que el Madrid esperaba cuando lo fichó de River. Por momentos, apareció ese Mastantuono atrevido, descarado y lleno de fútbol que enamoró en Argentina.

El segundo golpe llegó al 26’, y fue una de esas jugadas que justifican una entrada. Camavinga sacó un caño de taco para conectar con Güler, que de primera filtró una pelota deliciosa entre líneas para Vinicius. El brasileño condujo, levantó la cabeza y sirvió el pase para Mbappé, que solo tuvo que empujarla para firmar el segundo. Fue una acción rápida, limpia y preciosa. De esas que nacen de la calidad individual, pero se explican por la confianza colectiva. El Madrid jugaba bien, se divertía y hacía sufrir a un Mónaco que simplemente no la veía.

El descanso llegó con la sensación de que el partido estaba controlado, pero no cerrado. Y Arbeloa lo entendió así. Para la segunda parte movió el banquillo: salió Asencio, entró Ceballos y el Madrid apostó por una línea de tres. El mensaje fue claro: no había intención de administrar la ventaja, sino de ir por más. Y el equipo respondió.Al 51’, Vinicius abrió la jugada hacia la banda y Mastantuono, llegando con decisión, remató de primera para marcar el tercero. Fue el premio a una noche en la que el argentino jugó con libertad, confianza y personalidad. Tres minutos después, el cuarto cayó casi por inercia. Vinicius volvió a aparecer por banda, metió un centro peligroso y Kehrer, en su intento por cortar la jugada, terminó enviando el balón hacia su propia portería. Autogol y goleada encaminada.

Pero el Madrid no estaba satisfecho. El Bernabéu empujaba, el equipo mordía y Vinicius quería su momento. Al 63’, el brasileño desbordó, se metió hasta el área y soltó un disparo fuerte, seco y contundente para hacer el quinto. Fue una jugada muy suya: desequilibrio, atrevimiento y golpe final. Para entonces, el partido ya le daba la razón a Arbeloa. Su Madrid no solo ganaba; gozaba. Y cuando un equipo goza en el Bernabéu, la noche se vuelve larga para cualquiera.

El Mónaco encontró su gol al 72’, en una acción que dejó otra advertencia para los blancos. Ceballos intentó tocar de primera para Güler en la salida, pero Balogun leyó la jugada, robó el balón y quedó solo frente a Courtois para marcar el 5-1.

Faltaba el cierre, y lo firmó Jude Bellingham al 79’. La jugada comenzó con un tiro libre de Mbappé que se estrelló en la barrera del Mónaco. El rebote lo intentó pelear el francés, pero se resbaló y perdió el balón. El Mónaco quiso armar una contra rápida, pero Ceballos corrigió con inteligencia: leyó el pase de Kehrer hacia Ilenikhena, interceptó la intención y devolvió el control al Madrid. El balón cayó en los pies de Fede Valverde, que no necesitó más de un toque para inventar un pase filtrado, raso y perfecto hacia Bellingham. El inglés recibió dentro del área, encaró al portero, lo regateó, se lo quitó de encima y definió para poner el sexto. Una firma elegante para una noche redonda.

El 6-1 final dejó algo más que una goleada. Dejó la imagen de un Madrid con hambre, con variantes y con una delantera que, cuando conecta, puede romper cualquier partido. Mbappé golpeó primero, Vinicius agitó la noche, Mastantuono enseñó personalidad, Güler le dio claridad al mediocampo y Bellingham cerró la obra con clase.

Fue una de esas noches en las que el fútbol se siente ligero. En las que la pelota corre, los espacios aparecen y el Bernabéu se arropa en esa mezcla de exigencia y disfrute que tanto pesa en Europa. El Madrid ganó, gustó y se divirtio. Recuperando confianza y buenas sensaciones para lo que resta de la temporada.

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