El conjunto blanco se impuso 4-2 al Athletic Club en una noche en la que Gonzalo García, Bellingham, Mbappé y Brahim Díaz firmaron los goles de un triunfo con autoridad, aunque no exento de sufrimiento.
El Bernabéu vivió otra noche de esas en las que el resultado acompaña, el equipo responde y la sensación general es de superioridad, aunque con algún sobresalto que evitó una velada del todo tranquila. El Real Madrid derrotó 4-2 al Athletic Club en un partido que controló durante muchos tramos, en el que volvió a imponer su talento con balón y en el que encontró en sus llegadas la contundencia necesaria para castigar a un rival que pasó gran parte del encuentro defendiendo y esperando su momento.
Desde el inicio, el guion fue bastante claro. El Madrid asumió el mando, movió la pelota con paciencia y fue encerrando al Athletic cada vez más cerca de su área. Los de Bilbao, por su parte, se mostraron muy replegados, decididos a resistir y a salir a la contra cada vez que encontraran un resquicio. El dominio blanco era evidente, y tarde o temprano iba a traducirse en ocasiones claras.
La primera recompensa llegó pronto. Carvajal encontró el momento exacto para filtrar un pase preciso a Gonzalo García, que controló con categoría y resolvió el mano a mano con muchísima sangre fría. Fue una acción limpia, directa y muy bien ejecutada, de esas que resumen perfectamente lo que estaba siendo el partido: un Madrid dominante, con más balón, más presencia y más claridad cerca del área.
Aun con la ventaja, el equipo blanco no bajó el ritmo. Siguió tocando, siguió buscando espacios y siguió cargando el encuentro hacia campo rival. El Athletic aguantaba como podía, sostenido por su orden defensivo y por la esperanza de sorprender a la contra. Mientras tanto, el Madrid insistía, aunque no siempre con la precisión suficiente en el último toque.
El segundo tanto llegó justo antes del descanso y volvió a reflejar la superioridad blanca. Pitarch levantó un gran pase bombeado, Bellingham lo leyó de maravilla, controló de pecho con toda la clase del mundo y se plantó ante el portero para definir de volea. Un gol de mucha calidad, de puro talento, que parecía dejar el partido muy encaminado.
Pero cuando mejor estaba el Madrid, llegó el aviso del Athletic. Al filo del descanso, Nico Williams sacó un centro peligroso y Gorka Guruzeta conectó una volea de muchísima calidad para recortar distancias. Fue un golpe inesperado para el conjunto blanco, que se marchó al vestuario con la sensación de haber hecho mucho para mandar con claridad, pero sin haber cerrado del todo el partido.
Y ahí apareció uno de los temas de la noche: Mbappé. No estaba siendo su encuentro más brillante. Le costaba encontrar su sitio, no le salía casi nada y la grada comenzaba a mostrar cierto malestar con algunas de sus decisiones. Era una de esas noches incómodas para una estrella acostumbrada a marcar diferencias casi por inercia. Sin embargo, incluso en sus peores tramos, los futbolistas grandes suelen encontrar una manera de dejar huella. Y Mbappé la encontró.
En la segunda mitad, el francés acabó sumándose a la fiesta y firmó el tercer tanto del Madrid, un gol que devolvió la calma a un equipo que no quería entrar en un final apretado. Más allá de no haber tenido su noche más fina, su gol tuvo peso emocional dentro del encuentro, porque le permitió al Madrid volver a coger aire y obligó al Athletic a asumir más riesgos.
A partir de ahí, el partido se fue abriendo. El Athletic intentó dar un paso adelante, pero el Madrid encontró más espacios para correr. El dominio quizá ya no fue tan constante como en la primera parte, pero sí lo suficientemente firme como para sostener la ventaja sin perder del todo el control. Y cuando el encuentro se iba acercando al final, apareció Brahim Díaz para cerrarlo casi por completo.
El malagueño recibió dentro del área, se quedó frente a Mario Padilla y definió con la tranquilidad de quien entiende perfectamente el momento del partido. Fue el cuarto del Madrid y también una celebración cargada de complicidad: Brahim se fue a festejarlo con el banquillo, donde lo esperaban Alaba y Carvajal. Un gol que olía a sentencia.
Todavía hubo tiempo para un último golpe del Athletic. Ya en el descuento, Urko Izeta maquilló el resultado con el 4-2, un tanto que sirvió más para decorar el marcador que para alterar el rumbo real del encuentro. Porque, en líneas generales, el Madrid fue mejor, tuvo más iniciativa, más talento en campo rival y más contundencia cuando logró acelerar.
No fue una noche perfecta, pero sí una victoria convincente. Gonzalo abrió el camino, Bellingham volvió a dejar un detalle de futbolista distinto, Mbappé encontró redención dentro de un partido torcido y Brahim puso el broche. El Bernabéu se fue con la sensación de haber visto a un Madrid dominante, eficaz en los momentos clave y capaz de convertir otra noche liguera en una pequeña celebración.





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