El conjunto de Scariolo luchó hasta el último segundo, pero no pudo coronarse.
El Real Madrid se quedó a las puertas de otra corona europea. Cayó 92-85 ante Olympiacos en la final de la Euroliga, en una noche durísima en Atenas, marcada por el contexto, las bajas, la tensión ambiental y varias decisiones arbitrales que terminaron dejando un poso amargo. Aun así, el equipo de Sergio Scariolo compitió hasta el último segundo y tuvo incluso un triple para empatar cuando el partido ya se iba apagando.
Perder una final siempre duele, pero hay derrotas que dejan algo más que frustración. Esta fue una de ellas. Porque el Madrid llegó condicionado, sin Tavares, sin Len y sin Garuba, tres ausencias que pesaban especialmente en un partido de este calibre y ante un rival que iba a intentar hacer daño por dentro desde el primer minuto. Y aun con todo eso, el equipo blanco se plantó en la final con personalidad, con orgullo y con la intención clara de discutirle el título a Olympiacos hasta el final.
El arranque madridista fue impresionante. En un ambiente claramente hostil y con el pabellón empujando cada posesión griega, el Madrid salió enchufadísimo. Defendió con una intensidad altísima, atacó con decisión y encontró en Lyles a su gran referente ofensivo. El base firmó un inicio tremendo, con 13 puntos en apenas seis minutos, y lideró una salida valiente que silenció por momentos a la grada. El parcial de 3-15 reflejaba perfectamente lo que se veía en pista: un Madrid serio, suelto y sin complejos.
Olympiacos, sin embargo, reaccionó como hacen los equipos grandes en su casa. Empezó a encontrar puntos en la pintura, primero con Milutinov y luego con Vezenkov, y fue corrigiendo su mal inicio. Aun así, el conjunto blanco logró cerrar el primer cuarto con ventaja (19-26), dejando buenas sensaciones y demostrando que la final estaba lejos de ser un trámite para los griegos.
El segundo cuarto confirmó que aquello iba a ser una batalla total. Un triple de Abalde volvió a poner al Madrid diez arriba, pero Olympiacos respondió elevando ritmo y acierto con su segunda unidad. Fournier, Ward y Peters empezaron a castigar desde fuera y fueron inclinando poco a poco el partido hacia una zona mucho más incómoda para los blancos. El Madrid resistió como pudo, en gran parte gracias al acierto exterior y al partidazo de Lyles, que se fue al descanso con 21 puntos. Pero había señales inquietantes: Olympiacos encontraba tiros libres, el Madrid no, y el margen ya se había estrechado al mínimo al llegar al intermedio (46-44).
La final se endureció todavía más tras el descanso. El listón físico subió, el contacto se multiplicó y el partido entró en ese punto en el que cada posesión se juega con los dientes apretados. Hubo tensión, roces y decisiones que fueron calentando el ambiente. Una acción sobre Campazzo no señalada y una posterior provocación de McKissic desembocaron en un momento de mucha fricción, con técnicas repartidas y el pabellón metido de lleno en el guion emocional del encuentro.
Lejos de venirse abajo, el Madrid volvió a responder desde el carácter. Cerró mejor el rebote, se hizo fuerte atrás y logró secar durante varios minutos a Olympiacos. Cuando peor pintaban las cosas, un parcial de 10-0 le devolvió el mando del partido. Feliz y Hezonja aparecieron con puntos importantes y el equipo blanco llegó al último cuarto por delante (61-65), convencido de que todavía podía escribir una de esas victorias que se recuerdan durante años.
Y es que durante muchos tramos del último cuarto el Madrid estuvo realmente ahí. Supo jugar con el nerviosismo del rival, encontró canastas de Maledon, Deck, Feliz y Hezonja, y siguió compitiendo con una entereza admirable. Un triple del croata colocó el 80-80 a falta de poco más de dos minutos y dejó la final totalmente abierta.
Pero fue justo ahí donde el partido se le empezó a escapar entre los dedos. Un cambio de criterio en una acción de banda, varias faltas señaladas al Madrid en muy poco tiempo y un tramo final demasiado inclinado hacia la línea de personal permitieron a Olympiacos tomar oxígeno en el momento más delicado. Los griegos lo aprovecharon, llevaron el partido al terreno que más les convenía y comenzaron a sumar desde el tiro libre mientras el Madrid intentaba seguir agarrado a la final con lo que le quedaba de energía.
Ni siquiera con el marcador cuesta arriba bajó los brazos el equipo blanco. Con ocho puntos de desventaja a falta de 42 segundos, siguió peleando. Feliz tuvo en sus manos un triple para empatar a 11 segundos del final, pero esta vez el aro escupió la esperanza. Olympiacos, más frío desde la personal en los últimos instantes, terminó cerrando el encuentro y levantando el título ante su gente.
El resultado final deja al Madrid sin premio, pero no sin argumentos. Compitió en circunstancias muy adversas, sostuvo la final hasta el cierre y volvió a demostrar que su identidad sigue intacta incluso cuando el contexto no acompaña. Lyles fue el más destacado en ataque con 24 puntos y una actuación de mucho nivel, pero más allá de los números, el equipo dejó una imagen de resistencia y orgullo.
La Euroliga no viajó a Madrid esta vez. Se quedó en Atenas. Pero el Madrid se marchó de la final habiendo peleado hasta el límite, que en noches así también dice mucho de un equipo.





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